Cuando la estadística pretende absolver al asesinato / Ruelas
Aguascalientes, enero 13 (2026).-Leí una nota de boletín oficial, bajo el título: “Resultados nacionales con tendencia a la baja”. “…, el promedio diario de homicidios dolosos disminuyó 40 por ciento entre septiembre de 2024 y diciembre de 2025, al pasar de 86.9 a 52.4 homicidios diarios, … 34 homicidios menos por día …”.
Decir “34 muertes menos” no es argumento moral, es coartada retórica. Puede ser dato verdadero, en tanto no se manipule, pero éticamente es una vergüenza. Frente al asesinato, la aritmética no absuelve, no consuela y no justifica. Porque cuando una vida es arrebatada, el problema no es cuántas menos murieron, sino que alguien fue asesinado.
La costumbre de presentar la violencia letal en porcentajes o comparativos revela una peligrosa deriva moral: la sustitución del juicio ético por el balance estadístico. Así, la muerte se transforma en “indicador”, deja de ser un acontecimiento intolerable, para ser un “avance”,un logro discursivo. El lenguaje técnico anestesia la conciencia.
Kant lo dijo con claridad: “… la vida humana tiene dignidad, no precio…”. Lo que tiene dignidad no se suma, no se resta y no se compensa. Cada asesinato viola de manera absoluta a la persona como fin en sí misma. No existe un “umbral aceptable” de homicidios. No hay un número suficientemente bajo que convierta la muerte injusta en algo políticamente presentable.
Spinoza advertiría que esta racionalización no es razón, sino autoengaño colectivo. Una sociedad que se tranquiliza porque las cifras bajaron, mientras sigue aceptando la muerte violenta como un daño colateral, actúa dominada por afectos tristes: resignación, miedo, indiferencia. La verdadera razón no celebra menos muertes; trabaja para que no haya ninguna.
Adela Cortina ha señalado con precisión el riesgo de estas narrativas: erosionan la ética cívica. Cuando el discurso público se limita a comparar cifras, se pierde la pregunta esencial por la responsabilidad, la justicia y el cuidado. Además, no es casual que muchas de esas muertes pertenezcan a los invisibles de siempre. La estadística suele ser indulgente cuando las víctimas no tienen voz.
Levinas ofrece la objeción más contundente. El asesinato borra el rostro del “Otro”, y el lenguaje numérico lo borra por segunda vez. Convertir una vida truncada en un dato es una forma de violencia simbólica. Frente al rostro del otro asesinado no cabe el “vamos mejor…”, sino el mandato ético incondicional: ¡Esto no debió ocurrir! Una sola muerte basta para desmentir cualquier discurso triunfalista.
Para Jürgen Habermas, decir “hubo menos muertes” es colonización “del mundo de la vida” por la racionalidad instrumental. El asesinato, que debería ser objeto de deliberación ética y duelo público, es desplazado a la gestión y la eficiencia. Al presentar la violencia como un “indicador en mejora”, el lenguaje deja de buscar el entendimiento y se convierte en una herramienta de legitimación del poder. En términos habermasianos, el discurso pierde su pretensión de validez moral y se reduce a una pretensión de éxito estratégico.
La lectura de Marx es más áspera. El uso de estadísticas para normalizar la muerte es una expresión de la alienación: la vida humana se cosifica y se integra al lenguaje del sistema como un costo administrable. Cuando el poder presume “menos asesinatos”, lo que en realidad hace es naturalizar la violencia estructural que él mismo produce o tolera. La muerte se convierte en una externalidad del orden social. El problema no es solo cuántos mueren, la cifra no miente, lo que miente es su uso.
Friedrich Engels aporta una noción decisiva: el asesinato social. Cuando las condiciones impuestas por la organización social conducen de manera sistemática a muertes evitables, la responsabilidad no es individual, sino estructural. Celebrar una reducción estadística sin transformar las causas profundas equivale a administrar el daño, no a erradicarlo.
Joseph Ratzinger, desde la ética cristiana y la razón moral, identificaría en este discurso una manifestación de la dictadura del relativismo. Cuando la vida deja de ser un valor no negociable y se evalúa según resultados, se abre la puerta al fin que justifica los medios; la vida humana posee una sacralidad racional, no solo religiosa. No depende del consenso ni de la eficacia. Una política que se defiende con cifras frente al asesinato ha perdido el sentido del bien y del mal, sustituyéndolo por el cálculo de conveniencia.
Seguiremos siendo culpables mientras toleremoscondiciones que hacen posible la muerte violenta. Para las urnas de 2027 la razón pública, historia, conciencia moral y ética política se deben rebelar contra esta estadística comoderecho a la información.
Pensamientos distintos lo advierten: la estadística no puede sustituir al juicio ético. Decir “hubo menos muertes” como defensa frente al asesinato no es progreso: es anestesia moral. Una sociedad anestesiada puede seguir contando cadáveres… sin sentir la necesidad de transformarse.